La desaprobación generalizada de esta forma de democracia ha desprovisto a la clase política de toda legitimidad y ha derrumbado la credibilidad tradicional en el partido.

Cristóbal Rodas

La Nueva Oposición

Nuestra convivencia histórica con la democracia nos ha encaminado a concebir el conflicto político como una cuestión exclusiva de un sector específico y reducido de la sociedad. Este sector se apropió del campo político aglutinándose en Partidos y promoviendo la democracia electorera. Dentro de esta configuración surgen rituales y técnicas en los cuales resulta conveniente ser un experto: seducción, negociación, diseminación ideológica, clientelismo, proyección mesiánica y magia mercadológica. De la necesidad de dedicarse al dominio de las artes electoreras surge esta clase política y de ahí la concepción de que la política se reduce a las contiendas electorales o a las riñas del congreso. En este sentido coloquial pensamos en la clase política como personas que se dedican a los rituales electoreros y que operan para algún partido. Esta concepción de la política como una profesión encamina a reducir la política a la pugna entre partidos. La contienda electoral define los límites de la acción política y establece la lógica para concebir los conflictos entre los actores de la clase política. Este conflicto político culmina en la designación de un partido como responsable de la conducción del gobierno y, a su vez, en perfilar el resto de las fuerzas políticas como su contrapeso. Históricamente, este contrapeso ha constituido la oposición. El Partido derrotado es interpelado y condenado a hostigar al ganador con el fin de sostener las esperanza de una victoria futura. Esta caracterización pendular de la oposición se ha desplegado con una oscilación estable pero interrumpida por una crisis de representatividad. Los resultados nefastos de la democracia electorera alimentaron la desconfianza de la ciudadanía. La desaprobación generalizada de esta forma de democracia ha desprovisto a la clase política de toda legitimidad y ha derrumbado la credibilidad tradicional en el partido. En una actualidad en la que se ha dado empuje al péndulo político hasta el cansancio, y en la que toda instancia política se ha ganado el desprestigio, parece que no tiene mucho sentido pensar en algo así como una oposición. ¿Qué sentido tiene hablar de oposición en esta lógica electorera que ha agotado todas sus instancias? Ciertamente ninguno. Pero, en contrapartida, la oposición adquiere sentido contra esta misma lógica. Nosotrxs nos oponemos a la democracia clientelar de la clase política y a sus gobiernos pendulares que han servido para repartir temporalmente sus privilegios. El resultado histórico de esta usurpación que caracteriza a la clase política es la necesidad de constituirnos, en tanto sociedad civil organizada, como oposición permanente. Contra el autoritarismo, la vulneración de derechos, la ineptitud, el fanatismo y el descaro de la clase política, la ciudadanía está convocada a ser la nueva oposición. Nosotrxs hemos decidido atender esta responsabilidad histórica, porque la experiencia nos ha enseñado que así como debemos desconfiar del mercado, así debemos hacerlo del gobierno. La nueva oposición está llamada a recordar que en esta estructura política corporativista y clientelar, cimentada en heridas coloniales y pasiones caudillistas, el PRI no se crea ni se destruye, solo se transforma.

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