Pareciera que en este país la evaluación de las decisiones públicas es algo sólo apto para un selecto grupo de sabios.

Cuauhtémoc Olmedo

La evaluación de resultados como práctica ciudadana

Pareciera que en este país la evaluación de las decisiones públicas es algo sólo apto para un selecto grupo de sabios. Los modelos, nos explican, son muy abstractos y complejos; el pueblo no alcanzaría a comprender.

Pero detrás de ese discurso hay una intención de ocultar, de crear una cortina de humo, para que el pueblo no critique los mecanismos de decisión ni los resultados de estos.

Y así, las decisiones se vuelven el dominio de una élite que se beneficia del alejamiento de los ciudadanos. Esta élite crea barreras de acceso, cada vez más altas, a los procesos de decisión mediante un lenguaje esotérico, acompañado de ecuaciones apabullantes, gráficos multidimensionales, instrumentos financieros indescifrables y telarañas legales más allá de lo terrenal. Estos mecanismos permiten justificar cualquier decisión ya tomada.

Pero esos mecanismos deben ser solo instrumentos para alcanzar una mejor calidad de vida. La política pública debe iniciar por apreciar lo deseos e intereses de los ciudadanos, que se traducirán en diversas alternativas, entre las que habrá que decidir, utilizando los mecanismos pertinentes. Y una vez implantada la decisión, los ciudadanos debemos tener acceso a los resultados y proceder a evaluarlos.

Porque el meollo de las decisiones de política pública no está en encontrar los modelos matemáticos más sofisticados, o en buscar los datos más precisos, sino en hacer explícitos los valores e intereses de los ciudadanos.  No es un problema de ecuaciones: es un problema de ayudar a los ciudadanos a concebir un mundo mejor, al que tienen derecho; es un problema de dialogo con otros ciudadanos acerca de intereses divergentes; es un problema de articulación de sus ideales en acciones realistas; es un problema de evaluación acerca de si esas decisiones se están llevando a la práctica de manera eficaz.

El primer y el último paso, esenciales en una democracia, no se dan de manera rigurosa y desinteresada en nuestro país. Las decisiones simplemente aparecen, con un carácter monolítico, que ahuyenta cualquier intento de crítica.

Muchos ciudadanos han decidido aislarse de su entorno social. Se limitan a trabajar y atender a su familia, decepcionados de instituciones que los han defraudado, pero de cuya influencia no pueden escapar. Transitan con anteojos oscuros y audífonos para no ver ni oír más que su interés inmediato. Y así, la crítica se extingue, para beneplácito de quienes deciden la política pública. 

Recuperar la confianza de los ciudadanos en sus instituciones requiere que descubran que sus acciones ciudadanas sí tienen impacto. Y en esto, las organizaciones de la sociedad civil tienen mucho que aportar. No se trata de disparar otra andanada de encuestas, sino de construir mapas para entender la articulación de valores que guía el quehacer de los ciudadanos. No se requieren más discursos para convencernos de que vamos bien, sino facilitar el dialogo entre ciudadanos para idear un país mejor. No se nos debe adoctrinar para que marchemos todos en la misma dirección, sino que debemos volvernos conscientes de nosotros mismos y de los otros.

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